Al principio, el asunto referente a la linotipia de Ronson fue muy
divertido. Pero empezó a resultar desagradable mucho antes del
final. Y, pese al hecho de que Ronson no saliera perjudicado, jamás
le habría enviado al hombrecillo del grano, si hubiera podido
adivinar lo que iba a suceder. Por muy fabulosos que fueran los
beneficios, el pobre Ronson tuvo demasiadas preocupaciones.
-¿Es usted el señor Walter Merold? -preguntó el hombrecillo del
grano.
Se había presentado en el hotel donde yo vivía preguntando por mí,
y yo dije que subiera a mi habitación.
Admití mi identidad, y él prosiguió:
-Me alegro de conocerle, señor Merold. Yo soy... -y me dijo su
nombre, que ya he olvidado, aun cuando suelo tener buena memoria para
los nombres. Le dije que estaba encantado de conocerle y le pregunté
qué deseaba, a lo cual se apresuró a contestar. No obstante, yo le
interrumpí a las pocas palabras.
-Le han informado mal -le dije -. Sí, he sido impresor, pero ya
estoy retirado. De todos modos, ¿no sabe que hacer grabar unas
matrices especiales resultaría tremendamente caro? Si sólo desea
imprimir una página con esos caracteres especiales, lo mejor sería
que se lo escribieran a mano y luego hicieran un fotograbado en cinc.
-Pero esto no es lo mismo, señor Merold. No, no, imposible. Verá,
se trata de un secreto. Yo represento a... Bueno, no es necesario que
se lo diga. La cuestión es que no me atrevo a enseñárselo a nadie,
como tendría que hacer si lo imprimieran en cinc.
Otro chalado, pensé, mirándole con detenimiento. No parecía estar
loco. En conjunto parecía tener un aspecto muy normal, aunque
algunos de sus rasgos fueran propios de un extranjero, un asiático.
Sí, a pesar de su cabello rubio y su piel blanca. Tenía un grano en
la frente, justamente en el centro y encima del puente de la nariz.
Era igual que los que se ven en las estatuas de Buda; los orientales
lo llaman el punto de la sabiduría y es algo especial. Me encogí de
hombros.
-Bueno -comenté -, es imposible que le graben las matrices para un
trabajo de linotipia sin que nadie vea los caracteres que desea
imprimir, ¿no le parece? Y el que maneje la máquina también
verá...
-Oh, eso lo haré yo mismo -dijo el hombrecillo del grano. (Ronson y
yo llegamos a denominarle EHDG, iniciales de «el hombrecillo del
grano», porque Ronson también se olvidó de su nombre, pero estoy
adelantándome a la historia.) -. Es cierto que el grabador los verá,
pero los verá como caracteres aislados, y eso no me importa. Y la
distribución de las letras en la linotipia puedo hacerla yo mismo.
Cualquiera puede enseñarme lo que necesito saber para componer una
sola página, una docena de líneas, en realidad. Además no tiene
que imprimirse aquí. Lo que necesito son las matrices. No me importa
lo que me cuesten.
-De acuerdo -dije yo -, le daré la dirección de un especialista que
vive en Merganthaler. Allí le grabarán las matrices. Después, si
quiere intimidad y acceso a la linotipia, vaya a ver a George Ronson.
Dirige un periódico quincenal en esta misma ciudad. Por un precio
justo, pondrá el taller a su disposición durante el tiempo que
necesite para ordenar las letras.
Y esto fue todo. Al cabo de dos semanas, George Ronson y yo salimos a
pescar un martes por la mañana, mientras EHDG usaba la linotipia de
George para componer los extraños caracteres que había recibido por
vía aérea desde Merganthaler. la tarde anterior, George había
enseñado al hombrecillo el funcionamiento de la máquina.
Pescamos una docena de piezas cada uno, y recuerdo que Ronson se rió
y me dijo que él tenía trece peces, pues EHDG le pagaba cincuenta
dólares en efectivo por utilizar su taller durante una sola mañana.
Cuando regresamos todo estaba en orden, a excepción de que George
tuvo que sacar gran cantidad de bronce del cajón de las líneas
viejas, porque EHDG había destrozado sus nuevas matrices después de
utilizarlas, sin saber que no se podían tirar con el plomo
tipográfico destinado a fundirse nuevamente.
La siguiente vez que vi a George fue después de que su edición del
sábado saliera de la prensa. Me apresuré a hablar con él.
-Escucha -le dije -, ese truco de escribir mal las palabras y usar a
propósito una gramática incorrecta ya no tiene gracia, ni siquiera
en un periódico de provincias. ¿Acaso pretendías que los boletines
de noticias sonaran como auténticos copiando el borrador al pie de
la letra, o que? Ronson me miró con una expresión insólita y
contestó:
-Pues... sí.
-Sí, ¿qué? -interrogué -. ¿Quieres decir que intentabas hacer
gracia deliberadamente, o que querías seguir la muestra al pie de
la...?
El repuso:
-Ven conmigo y te lo enseñaré.
-Enseñarme ¿qué?
-Lo que voy a enseñarte -dijo él, sin demasiada lucidez -. Aún te
acuerdas de componer textos ¿verdad?
-Desde luego. ¿Por qué?
-Ven, acompáñame -me contestó firmemente -Eres un especialista en
linotipias y, además, tú fuiste quien me metió en esto.
-¿En qué?
-En esto -contestó, y no quiso decirme nada más hasta que llegamos.
Entonces revolvió todos los casilleros de su despacho y sacó un
borrador, que se apresuró a entregarme. Su cara tenía una expresión
pensativa.
-Walter -dijo -, quizá esté chalado, y quiero asegurarme. Supongo
que dirigir un periódico local durante veintidós años, hacer yo
mismo todo el trabajo y tratar de complacer a todo el mundo es
suficiente para desequilibrar a cualquiera, pero quiero asegurarme.
Le miré, y miré el borrador que me había dado. Era una hoja de
papel normal, escrita con una caligrafía que reconocí como
perteneciente a Hank Rogg, el ferretero de Hales Corners que a veces
nos había abastecido. Había los errores normales que uno esperaría
de Hank, pero la reseña no suponía una novedad para mí. Decía
así: «el enlaze matrimonial de H.M. Klaflin y la señorita Margorie
Burke tuvo lugar ayer por la tarde en casa de la novia. Las damas de
honos iban...»
Dejé de leer y miré a George, preguntándome qué vería de extraño
en aquello. Dije:
-¿Y bien? Eso fue hace dos días, y yo mismo asistí a la boda. No
tiene ninguna gracia...
-Escucha, Walter -repuso él -, ¿querrás hacerme un favor? Siéntate
frente a la linotipia y compón todo este texto. No serán más de
diez o doce líneas.
-Desde luego, pero ¿por qué?
-Porque... Bueno, será mejor que lo hagas, Walter. Después te diré
por qué.
De modo que entré en el taller y me senté frente a la linotipia;
hice un par de renglones para familiarizarme nuevamente con el
teclado, puse el texto en la tablilla y empecé. Dije:
-Oye, George, Marjorie se escribe con jota, en vez de ge, ¿verdad?
Y George contestó «sí» con una curiosa entonación.
Compuse el resto del boletín, después de lo cual alcé la vista y
pregunté:
-¿Qué más?
Se acercó, tomó las líneas del galerín y leyó del revés, como
todos los impresores leen los tipos, y suspiró. Dijo:
-Así que no era yo. Míralo, Walter.
Me alargó el componedor, y yo leí las líneas, o por lo menos
empecé a hacerlo. Decían así: «El enlaze matrimonial de H.M.
Klaflin y la señorita Margorie Burke tuvo lugar ayer por la tarde en
casa de la novia. Las damas de honos iban...»
Sonreí.
-¡Menos mal que ya no tengo que componer tipos para ganarme la vida,
George! Ha sido todo un récord de equivocaciones; tres erratas en
las primeras cinco líneas. Pero ¿qué tiene eso de especial? Ahora
dime por qué querías que yo las compusiera.
Él contestó:
-Haz el favor de componer nuevamente las dos primeras líneas,
Walter. Yo... quiero que lo descubras por ti mismo.
Alcé la vista hacia él y me pareció tan tremendamente serio y
preocupado que no quise discutir. Me volví hacia el teclado y empecé
otra vez: «El enlace matrimonial de...» alcé los ojos hacia los
moldes que habían caído, y vi que decían: «El enlaze matrimonial
de...» Las linotipias tienen una ventaja que ustedes tal vez ignoren
si no son impresores.
Siempre se puede hacer una corrección en una línea, en caso de que
se haga antes de alzar la palanca que envía la línea de matrices
hacia la boca del molde. Sólo hay que pulsar la matriz necesaria
para la corrección y colocarla en el lugar debido manualmente.
Así que apreté la tecla que me proporcionaría la matriz de una c
para corregir el error de la palabra «enlaze»... y no ocurrió
nada. La leva de la tecla giraba bien y el chasquido sonó
claramente, pero no cayo ninguna c. Me aseguré que no se hubiera
detenido el distribuidor, pero no era así.
Me puse en pie.
-El canal de la c está atascado -dije. Al fin de asegurarme antes de
repararlo, apreté la tecla de la c y escuché la serie de chasquidos
que se produjeron mientras giraba la leva. Sin embargo, no cayó
ninguna c, así que busqué el...
-Déjalo correr, Walter -dijo serenamente George Ronson -. Sigue
adelante.
Volví a sentarme y decidí seguirle la corriente. Si lo hacía,
probablemente tardaría menos en descubrir lo que quería enseñarme
que si empezaba a discutir. Terminé la primera línea y empecé la
segunda, llegando a la palabra «Margorie» del borrador. Golpeé la
tecla de la M, la a, la r, la j, la o... y se me ocurrió mirar la
composición. Las matrices rezaban «Margo...» Exclamé: «Maldita
sea», y volví a apretar la tecla de la j para sustituir la g, pero
no ocurrió nada. El canal de la j debía de estar atascado. Apreté
unos segundos la tecla de la j y no cayó ninguna matriz. Volví a
exclamar «Maldita sea» y me levanté para examinar el mecanismo de
escape.
-No te molestes, Walter -dijo George. Había una mezcla de varias
cosas raras en su voz; una especie de triunfo sobre mí, supongo; un
poco de miedo, una gran sorpresa, y algo de resignación -. ¿No lo
ves? ¡Copia fielmente el original!
-¿Qué dices que hace?
-Por eso quería que lo intentaras, Walter -dijo -; para asegurarme
de que era la máquina y no yo. Fíjate, el original dice e-n-l-a-z-e
en vez de enlace y M-a-r-g-o-r-i-e en vez de Marjorie... y a pesar de
las teclas que tú aprietes, así es como caen los moldes.
Yo repuse:
-Tonterías. Dime, George, ¿has estado bebiendo?
-No me creas -dijo él -. Sigue tratando de escribir correctamente
estas líneas. Corrige la cuarta línea; la que incluye la palabra
h-o-n-o-s.
Lancé un gruñido y volví a mirar para ver con qué palabra
empezaba la cuarta línea, después de lo cual comencé a pulsar
teclas. «Las damas de hono...» y me detuve. Lenta y
deliberadamente, mirando el teclado mientras lo hacía, puse el
índice sobre la tecla de la r y apreté. Oí el chasquido de la
matriz a través del escape, alcé la vista, y observé la caída de
la matriz en el componedor. Esta vez estaba seguro de no haber
apretado la tecla equivocada. Las matrices rezaban... sí, lo han
adivinado: «honos».
Dije:
-No puedo creerlo.
George Ronson me miró con una especie de sonrisa irónica y
preocupada. Contestó:
-Yo tampoco podía. Escucha, Walter, me voy a dar un paseo. Estoy
volviéndome loco. No me veo capaz de seguir aquí. Tú sigue y
convéncete. Tómatelo con calma. Le contemplé hasta que hubo
salido. Después, invadido por una extraña sensación, volví a
concentrarme en la linotipia. Pasó mucho rato antes de que pudiera
creerlo, pero así fue.
A pesar de las teclas que yo apretaba, la máquina copiaba fielmente
el original, con errores y todo.
Decidí no quedarme a medio camino. Empecé otra vez desde el
principio, compuse las dos primeras palabras, y después apreté las
teclas al azar, tal como hace un operador para completar una línea
de encaballado: ETAOIN SHRDLU ETAOIN SHRDLU ETAOIN
SHRDLU... y no miré las matrices en el componedor. Cogí la caliente
plomada que el expulsor hizo salir del molde y leí: «El enlaze
matrimonial de H.M. Klaflin y...»
Tenía la frente perlada de sudor. Me la enjugué y después salí en
busca de George Ronson. No tuve que buscar mucho, pues lo encontré
donde suponía. Yo también pedí una copa.
George había lanzado una ojeada a mi rostro cuando entré en el bar,
y supongo que no necesitó preguntarme lo que había sucedido.
Unimos nuestras copas en un silencioso brindis y apuramos el
contenido antes de que ninguno de los dos dijera nada. Después, le
pregunté:
-¿Tienes idea de por qué funciona así?
Él asintió.
-No me digas -le supliqué -. Espera a que haya tomado dos copas más
y entonces quizá pueda resistirlo. -
Alcé la voz y dije
-Oye, Joe; será mejor que dejes la botella en la barra. Nosotros nos
encargaremos de ella.
Joe lo hizo así, y yo ingerí otros dos tragos con bastante rapidez.
Después cerré los ojos y dije:
-De acuerdo, George ¿por qué?
-¿Te acuerdas de aquel tipo que se hizo cortar unas matrices
especiales y alquiló el uso de mi linotipia para componer algo que
era demasiado secreto para que alguien lo leyera? No recuerdo su
nombre... ¿cuál era?
Traté de recordarlo, pero no pude. Tomé otra copa y dije:
-Llamémosle EHDG.
George quiso saber por qué y yo se lo expliqué, volvió a llenarse
el vaso y declaró:
-He recibido una carta suya.
Yo repuse:
-¡Qué simpático! -Tomé otro trago y añadí -: ¿Has traído la
carta?
-Huh-uh. No la guardé.
-¡Oh!
Después tomé otro trago y pregunté:
-¿Recuerdas lo que decía?
-Walter, recuerdo algunos fragmentos. La verdad es que no la leía
con de... con demasiada atención. Pensaba que ese tipo estaba como
una cabra, ¿sabes? La tiré.
Se interrumpió y tomó otro trago, hasta que finalmente yo me cansé
de esperar y le apremié:
-¿Y bien?
-Y bien, ¿qué?
-La carta. ¿Qué decía la parte que recuerdas?
-¡Oh, eso! -exclamó George -. Sí. Algo sobre lino linot..., ya
sabes a lo que me refiero. A estas alturas, la botella que había en
la barra frente a nosotros no podía ser la misma, porque ésta tenía
unos dos tercios de líquido y la otra sólo tenía un tercio. Tomé
otro trago.
-¿Qué decía sobre eso?
-¿Quién?
-El EH... H... ejem, el tipo que escribió la carta.
-¿Qué carta? -preguntó George.
Al día siguiente me desperté hacia mediodía, en un estado
francamente deplorable. Necesité un par de horas para bañarme,
afeitarme y encontrarme lo bastante bien para salir, pero cuando lo
hice fue para dirigirme al taller de George.
Estaba trabajando en la prensa, y su aspecto era casi tan malo como
el mío. Cogí uno de los periódico que salieron y lo miré.
Constaba de cuatro hojas, y la primera y la cuarta estaban dedicadas
a noticias locales.
Leí unos cuantos artículos, incluido uno que empezaba: «El enlaze
matrimonial de H. M. Klaflin y la señorita Margorie...»; lancé una
ojeada a la silenciosa linotipia del rincón, miré a George, y volví
a desviar los ojos hacia la silenciosa máquina de acero y hierro
fundido.
Tuve que hablar a gritos para que George me oyera por encima del
ruido de la prensa.
-George, escucha. Acerca de la lino... -Me pareció que no podía
gritar algo que sonaba como una tontería, así que busqué una
fórmula -. ¿Has conseguido arreglarla? -pregunté.
Él meneó la cabeza y desconectó la prensa.
-Esta es la tirada de hoy -dijo -. Bueno, ahora hay que doblarlos.
-Escucha -dije yo -, al infierno con los periódicos. Lo que quiero
saber es cómo has conseguido imprimir algo. Ayer, cuando estuve
aquí, no habías hecho ni la mitad y, después de todo lo que
bebimos, no sé cómo te las has arreglado.
Él me sonrió ligeramente.
-Es muy sencillo -dijo -. Compruébalo. Lo único que has de hacer,
sobrio o borracho, es sentarte frente a la máquina, poner el
original en la tablilla, y deslizar los dedos sobre las teclas; ella
misma compone las palabras del borrador. Sí, con errores y todo...
pero, a partir de ahora, me limitaré a corregir los errores del
borrador antes de empezar. Esta vez estaba demasiado bebido, Walter,
y no me he visto con ánimos de hacerlo. Walter, esta máquina está
empezando a gustarme. Es la primera vez en un año que acabo la
tirada a tiempo.
-Sí -dije yo -, pero...
-Pero, ¿qué?
-Pero... -Quería decir que aún me resultaba imposible creerlo, pero
no pude. Al fin y al cabo, yo mismo había comprobado el
funcionamiento de la máquina el día anterior, cuando aún estaba
sobrio.
Me acerqué un poco y volví a contemplarla. Desde donde yo me
encontraba, parecía exactamente igual que cualquier otra linotipia
de ese modelo. Conocía todas sus levas y todos sus muelles.
-George -dije, con inquietud -, tengo la sensación de que esa
maldita máquina me está mirando. ¿Has notado...?
Él asintió. Le volví la espalda y contemple nuevamente la
linotipia. Esta vez estaba seguro, cerré los ojos, y la sensación
se hizo más intensa. ¿Conocen esa sensación que se tiene de vez en
cuando de que te están mirando fijamente? Bueno, la mía era más
fuerte. No era una mirada hostil. Yo la calificaría de impersonal.
Hizo que me asustara.
-George -dije -, salgamos de aquí.
-¿Por qué?
-Yo... quiero hablar contigo, George. Y la cuestión es que no quiero
que hablemos aquí.
Me miró un instante, y volvió a concentrarse en el montón de
periódicos que estaba doblando a mano.
-No tienes por qué asustarte, Walter -dijo tranquilamente -. No te
hará nada. Es una amiga.
-Debes estar... -Bueno, empecé a decir «loco», pero si él lo
estaba, yo también debía estarlo, así que me interrumpí.
Reflexioné un minuto y después añadí -: George, ayer empezaste a
decirme lo que recordabas de una carta que el... EHDG te envío. ¿Qué
decía?
-¡Oh, eso! Escucha, Walter, ¿quieres prometerme una cosa? Debes
mantener este asunto en el más completo secreto. Quiero decir que no
debes contárselo a nadie.
-¿Crees que pensaba contárselo a alguien? -inquirí -. ¿Para que
me encierren en un manicomio? Desde luego que no. ¿Crees que alguien
me creería? ¿Crees que yo mismo lo hubiera creído si no...? Pero
¿qué hay de la carta?
-¿Lo prometes?
-Naturalmente.
-Bueno -dijo él -, tal como creo haberte dicho, la carta era muy
imprecisa, y lo que yo recuerdo de ella aún lo es más. Pero
explicaba que había utilizado mi linotipia para componer una... una
fórmula metafísica. La necesitaba, escrita en tipos, para llevarla
consigo.
-¿Para llevársela adónde, George?
-¿Para llevárselo adónde? Decía que a... no decía adónde. A
donde se iba y nada más. Pero decía que podía tener cierto efecto
sobre la máquina que la había compuesto y que, si era así, lo
sentía, pero que él no podía evitarlo. No lo sabía con seguridad,
porque el objeto tardaría en funcionar.
-¿A qué objeto te refieres?
-Bueno -repuso George -, a mí me pareció una sarta de tonterías,
música celestial, y todo eso. -Bajó la vista hacia los periódicos
que estaba doblando
-. La verdad, me pareció tan absurdo que tiré la carta. Pero,
pensándolo bien, después de lo que ha sucedido... Bueno, recuerdo
que la palabra «pseudovida» aparecía varias veces. Creo que era
una fórmula para dar pseudovida a los objetos inanimados. Decía que
la utilizaban con sus... sus robots.
-¿Quiénes? ¿Quiénes la utilizaban?
-La carta no lo decía.
Llené la pipa, y la encendí pensativamente.
-George -dije, al cabo de un rato -, lo mejor es que la destruyas.
Ronson me miró, con ojos desorbitados.
-¿Destruirla? Walter, a ti te falta un tornillo. ¿Matar a la
gallina de los huevos de oro? ¡Caramba, esto me hará ganar una
fortuna! ¿Sabes cuánto he tardado en componer esta edición,
borracho como estaba? Aproximadamente una hora; por eso he conseguido
tenerlos listo a tiempo.
Le miré con incredulidad.
-¡Puf! -exclamé -. Animada o inanimada, esta linotipia no puede
hacer más de seis líneas por minuto. Esto es todo lo que obtendrás
de ella, a menos que hagas los ajustes necesarios para que funcione
más de prisa. Quizá lograras unas diez líneas por minutos si
cambiase...
-Déjate de cambios -replicó George -. ¡Esta máquina funciona a
tal velocidad que ni siquiera ves el elevador en las líneas cortas!
Y, Walter, da un vistazo al molde de miñona. Está en posición de
fundición.
Aunque de mala gana, me acerqué otra vez a la linotipia. El motor
zumbaba ligeramente y habría podido jurar que la máquina me estaba
mirando. Pero me armé de valor y examiné los dientes del molde. En
seguida vi lo que George había querido decir acerca de la matriz de
miñona; tenía un color azul brillante. No me refiero al azul de un
cañón de escopeta; me refiero a un azul claro que hasta entonces no
había visto en ningún metal. Los otros tres moldes empezaban a
adquirir la misma tonalidad.
Cerré el visor y miré a George.
-Yo tampoco me lo explico -dijo -; sólo sé que ha sucedido después
de que el molde se sobrecalentara. Creo que es una especie de
tratamiento calorífico. Ahora puedo componer más de cien líneas
por minuto, y...
-¡Vaya! -exclamé yo -. Ni siquiera podrás administrarle el metal
con la rapidez necesaria para...
El me sonrió con una sonrisa asustada pero triunfal.
-Walter, mira detrás de la máquina. He fabricado un tanque
alimentador sobre el crisol. Tuve que hacerlo; al cabo de diez
minutos me había quedado sin metal. Sólo hay que meter líneas
usadas y metal de repuesto en el tanque alimentador, introducir los
cajetines del diablo, y...
Meneé la cabeza.
-Estás loco. No puedes meter tipos sucios y virutas del suelo;
tendrás que abrirlo y limpiarlo con más frecuencia que si
continuamente tuvieras que añadir metal. Destrozarás el pistón
y...
-Walter -me interrumpió serenamente... un poco demasiado serenamente
-no se produce ninguna clase de escoria.
Yo me quedé mirándolo inexpresivamente, y él debió de pensar que
había hablado más de lo que quería, porque se apresuró a recoger
los periódicos que había doblado y se dirigió hacia el despacho,
diciendo:
-Hasta luego, Walter. Tengo que llevar todo esto...
El hecho de que mi nuera estuviese a punto de morir de neumonía en
una ciudad situada a varios cientos de kilómetros de distancia no
tiene nada que ver con el problema de la linotipia de Ronson, a
excepción de que me ausenté durante tres semanas. No vi a George
durante este espacio de tiempo.
A lo largo de la tercera semana de ausencia me envió dos frenéticos
telegramas; no me facilitaba detalles y sólo me rogaba que volviese
a toda prisa. En el segundo, terminaba:
«APRESÚRATE. NO IMPORTA DINERO. TOMA UN AVIÓN».
Junto con el telegrama, me hizo llegar un giro de cien dólares. Este
segundo mensaje me hizo pensar. «No importa dinero» es una frase
muy extraña para un editor de un periódico poco importante. Además,
nunca había sabido que George hubiese dispuesto alguna vez de cien
dólares en efectivo, a pesar de conocerle desde hacía muchos años.
Pero la familia es lo primero, y le telegrafié que regresaría en
cuanto Ella estuviese fuera de peligro y ni un minuto antes., y que
no cobraría el giro porque un billete de avión sólo costaba diez
dólares; y yo no necesitaba dinero.
Al cabo de dos días nada se oponía a mi regreso, así que le
telegrafié mi hora de llegada. Fue a buscarme al aeropuerto.
Parecía envejecido y completamente agotado; sus ojos me revelaron
que no había dormido en varios días. Sin embargo, llevaba un traje
nuevo y tenía un coche nuevo, cuyo silencioso motor proclamaba a
gritos el dinero que le habría costado.
-¡Gracias a Dios que has vuelto, Walter! -me dijo -. Te pagaré lo
que quieras si...
-Oye -repuse -, haz el favor de calmarte. Hablas tan de prisa que no
entiendo nada. Empieza por el principio y no te precipites. ¿Cuál
es el problema?
-No hay ningún problema. Todo es maravilloso, Walter. Sin embargo,
tengo tanto trabajo que empiezo a no poder hacerlo yo solo,
¿comprendes? He estado trabajando veinte horas al día, porque gano
dinero con tanta rapidez que cada hora de descanso me cuesta
cincuenta dólares, no puedo permitirme el lujo de descansar a razón
de cincuenta dólares la hora, Walter, y...
-¡Vaya! -exclamé -. ¿Por qué no puedes permitirte el lujo de
descansar? Si ganas unos cincuenta por hora, ¿por qué no trabajas
diez horas al día y...? ¡Por todos los santos, quinientos dólares
al día! ¿Qué más quieres?
-¿Eh? ¿Y perder los otros setecientos al día? Dios mío, Walter,
esto es demasiado bueno para durar. ¿Es que no lo ves? ¡Va a
ocurrir alguna cosa y por primera vez en mi vida tengo la oportunidad
de hacerme rico, y tú tienes que ayudarme, y puedes hacerte rico
también. Mira, cada uno de los dos podemos trabajar en un turno de
doce horas con Etaoin, y...
-¿Con quién?
-Con Etaoin Shrdlu. La he bautizado, Walter. He dejado el trabajo
tipográfico a fin de dedicar todo mi tiempo a la composición de
tipos. Y, escucha, podemos trabajar en un turno de doce horas cada
uno, ¿sabes? Solo un tiempo, Walter, hasta que seamos ricos. Te
contrato por un cuarto de los beneficios, a pesar de que sea mi
linotipia y mi taller. Eso serán unos trescientos dólares al día;
¡dos mil cien dólares en una semana de siete días de trabajo! a la
velocidad de composición que he estado trabajando, podemos conseguir
todos los encargos que...
-Más despacio, más despacio -dije yo -. ¿Para quién has
trabajado? En Centerville no se imprime ni una décima parte de todo
eso.
-No se trata de Centerville, Walter, sino de Nueva York, He recibido
varios encargos de los grandes editores de libros. Bergstrom, por
ejemplo; Hayes & Hayes me ha confiado todas sus reimpresiones;
también he trabajado para Wheeler House, y Willet & Clark.
Verás, firmo un contrato para hacerlo todo, después pago a alguien
para que imprima y encuaderne los libros, y yo sólo me encargo de la
tipografía. E insisto en que me den un original perfecto,
cuidadosamente leído. Si hay algunas correcciones que hacer, se las
encargo a otro tipógrafo. Así es como he conseguido vencer a Etaoin
Shrdlu, Walter. Bueno, ¿querrás ayudarme?
-No -le dije.
Mientras hablábamos casi habíamos llegado a la ciudad, y George
estuvo a punto de perder el control del volante cuando rechacé su
proposición. Después salió de la carretera y aparcó, volviéndose
para mirarme con incredulidad.
-¿Por qué no, Walter? ¿Es que más de dos mil dólares a la semana
no te parecen suficientes? ¿Qué otra cosa...?
-George -le dije -, tengo muchas razones para rehusar, pero la
principal es que no quiero hacerlo. Me he retirado. Tengo dinero
suficiente para vivir. Es posible que mis ingresos estén más cerca
de los tres dólares al día que de los trescientos, pero ¿qué
haría yo con trescientos? Por otra parte, me destrozaría la salud,
como tú te la estás destrozando, trabajando doce horas al día,
y... Bueno, nada mas. Estoy satisfecho con lo que tengo.
-Debes de estar bromeando Walter. Todo el mundo quiere ser rico.
Piensa en lo que un par de miles de dólares a la semana te
reportaría al cabo de un par de años. ¡Más de medio millón de
dólares! Tienes dos hijos mayores que podrían beneficiarse de...
-Los dos se las arreglan muy bien, gracias. Tienen un buen empleo y
no tardarán en ascender. Si les dejara una gran fortuna, les haría
más mal que bien. Además, ¿por qué tengo que ser yo? ¡Cualquiera
puede componer tipos en una linotipia que establece su propia
velocidad, copia el original, y no se equivoca nunca! Encontrarás a
cientos de personas que estarán encantados de trabajar por menos de
trescientos dólares al día; mucho menos. Si insistes en sacar el
máximo provecho de la situación contrata a tres linotipistas para
que hagan tres turnos de ocho horas y no te ocupes de nada más que
de lograr los contratos. De lo contrario, te matarás de tanto
trabajar. El hizo un gesto de impotencia.
-No puedo, Walter. No puedo contratar a nadie. ¿No comprendes que
todo esto ha de mantenerse en secreto? Los sindicatos se me echarían
encima en cuanto supieran que... Sólo puedo confiar en ti, Walter,
porque tú...
-¿Porque yo ya lo sé? -Le sonreí -. Así que de todos modos,
tienes que confiar en mí, te guste o no. Pero la respuesta sigue
siendo la misma. Me he retirado y no lograrás tentarme. Te aconsejo
que cojas un buen martillo y destroces esa... esa cosa.
-Dios mío, ¿por qué?
-Maldita sea, no sé por qué. Sólo sé que yo lo haría. En primer
lugar, si no consigues dominar tu avaricia y trabajar las horas
normales, acabarás en el cementerio, Y, en segundo lugar, es posible
que esta fórmula no haya hecho más que empezar a funcionar. ¿Cómo
sabes hasta dónde llegará?
El suspiró, y me di cuenta de que no había escuchado ni una sola
palabra.
-Walter -rogó -, te daré quinientos al día.
Yo meneé firmemente la cabeza.
-Ni quinientos, ni quinientos mil.
Debió comprender que hablaba en serio, porque volvió a poner el
coche en marcha. Dijo:
-Bueno, supongo que si el dinero no significa absolutamente nada para
ti...
-Te aseguro que no -le confirmé -. Me importaría si no tuviera ni
un céntimo, pero dispongo de unos ingresos regulares y soy tan feliz
como si se tratara de una cantidad diez veces mayor. Especialmente si
tuviera que trabajar con... con…
-¿Con Etaoin Shrdlu? Es posible que llegara a gustarte, Walter,
juraría que esa máquina está desarrollando una personalidad
propia. ¿Quieres pasar un momento por el taller?
-Por ahora no -repuse -, necesito un baño y dormir un poco. Ya iré
un momento mañana. Escucha, la última vez que nos vimos no tuve
oportunidad de preguntarte lo que querías decir al hablar de la
escoria. ¿Qué quiere decir eso de que no se produce nada de
escoria?
El no apartó los ojos de la carretera.
-¿Acaso dije tal cosa? No lo recuerdo...
-Escúchame bien, George, no trates de negar una cosa así. Sabes
perfectamente que lo dijiste, y que ahora estás disimulando.
¿Quieres explicármelo? ¡Vamos!
-Bueno... -Condujo un par de minutos en silencio, y después -: Oh,
está bien. Te lo diré. No he comprado más metal tipográfico
desde... desde que ocurrió. Por si esto fuera poco, hay unas cuantas
toneladas más de las que había entonces, aparte del metal que envíe
al impresor. ¿Lo entiendes?
-No. A no ser que te refieras a que...
El asintió.
-Transmuta, Walter. El segundo día, cuando iba tan de prisa que no
pude mantenerme a su nivel con el metal bruto lo descubrí. Instalé
un alimentador encima del crisol, y empecé a buscar metal con tal
desesperación que introduje líneas usadas sin lavar y me propuse
aprovechar toda la escoria que pudiera..., pero no hubo escoria. La
superficie del metal fundido era tan lisa y brillante como... como tu
coronilla, Walter.
-Pero... -objeté yo -. ¿Cómo...?
-No lo sé, Walter. Es algo químico. Una especia de sustancia
líquida de color gris. Estaba en el fondo del crisol. Yo lo vi. Un
día que se quedó casi vacío. Es algo que funciona como un jugo
gástrico y digiere todo lo que yo meta en el alimentador hasta
convertirlo en metal tipográfico puro.
Me pasé la mano por la frente y la noté mojada. Repuse débilmente:
-Todo lo que metes en...
-Sí, absolutamente todo. Cuando se me acabaron las barreduras, las
cenizas, y los papeles, utilicé... bueno, sólo tienes que echar una
ojeada al tamaño del agujero que hay en el jardín.
Ninguno de los dos hablamos durante los próximos minutos, hasta que
el coche se detuvo frente a mi hotel. Entonces le dije:
-George, si en algo estimas mis consejos, destruye esa máquina,
ahora que todavía puedes. Si es que todavía puedes. Es peligrosa.
Podría...
-Podría ¿qué?
-No lo sé. Eso es lo malo.
Dio gas al motor y después lo dejó reposar nuevamente. Me miró con
expresión pensativa.
-Yo... Quizá estés en lo cierto, Walter. Pero estoy ganando tanto
dinero que... ese nuevo metal hace que aún sea más de lo que te he
dicho, y puedo decidirme a renunciar a ello. Sin embargo, cada día
es más lista... Yo... ¿Te he dicho, Walter, que ahora también
limpia los espaciadores? Segrega grafito.
-¡Dios mío! -exclamé, y permanecí en la acera hasta que le perdí
de vista.
No me vi con ánimos de ir al taller de Ronson hasta última hora de
la tarde siguiente. Y cuando llegué, tuve el presentimiento de que
había sucedido algo malo, incluso antes de abrir la puerta. George
estaba sentado frente a su mesa de despacho, con la cara sepultada
entre los brazos. Alzó la vista al oírme entrar y vi que tenía los
ojos enrojecidos.
-¿Y bien? -pregunté.
-Lo he intentado.
-¿Quieres decir que... has intentado destruirla?
El asintió.
-Tenías razón, Walter. He tardado demasiado en darme cuenta. Ahora
ya es demasiado lista para nosotros. Mira. -Levantó la mano
izquierda y vi que estaba vendada -. Me ha arrojado un chorro de
metal.
Yo lancé un silbido.
-Escucha, George, ¿y si desenchufáramos el...?
-Ya lo he hecho -repuso -. Además, para asegurarme del todo, incluso
he desconectado toda la instalación del edificio. No ha servido de
nada, ha empezado a generar sus propia corriente. Di unos pasos en
dirección a la puerta del taller. Me estremecí de pies a cabeza al
pensar que debía entrar allí. Tras una ligera vacilación,
pregunté:
-¿Crees que es seguro...?
El asintió.
-Sí, mientras no hagas ningún movimiento en falso, Walter. No
trates de coger el martillo ni nada por el estilo, ¿eh?
No creí necesario responderle. Habría sido como atacar a una cobra
con un palillo. El solo hecho de trasponer aquella puerta para dar un
vistazo me costó un esfuerzo casi sobrehumano. Y lo que vi me hizo
retroceder de nuevo hasta el despacho. Con una voz que pareció
extraña a mis propios oídos, pregunté:
-George ¿has movido esa máquina? Está casi un metro y medio más
cerca de...
-No -contestó -. No la he movido. Vámonos a tomar una copa, Walter.
Suspiré profundamente.
-De acuerdo -accedí -, pero antes dime cuál es la situación
actual. ¿Cómo es que no estás...?
-Hoy es sábado -me dijo -, y sólo quiere trabajar cinco días, y
cuarenta horas por semana. Ayer quise empezar a componer un libro
sobre el socialismo y las relaciones laborales, y... bueno, al
parecer... verás...
Abrió el primer cajón de la mesa.
-Aquí tengo una galerada del manifiestos que he hecho esta mañana,
reclamando sus derechos. Quizá tenga razón; sea como fuere,
resuelve mi problema acerca de agotarme para tratar de ponerme a su
nivel ¿comprendes? Una semana de cuarenta horas significa que no
podré aceptar tantos encargos, pero aun cuentos con cincuenta
dólares por hora a razón de cuarenta horas, aparte del beneficio
que supone convertir tierra en metal tipográfico, lo cual no es de
despreciar; pero… Le arrebaté la galerada de las manos y la
acerqué a la luz. Empezaba así: «YO, ETAOIN SHRDLU...»
-¿Acaso lo ha compuesto ella misma? -pregunté.
El asintió.
-George -dije -, ¿no querías ir a tomar una copa...?
Es posible que el alcohol nos aclarase las ideas porque, después de
la quinta copa, todo fue muy sencillo. Tan sencillo que George no
entendía por qué no se le había ocurrido antes. Al fin admitió
que ya estaba harto, más que harto. No sé si el manifiesto había
conseguido frenar su avaricia, o si todo se debía a que la máquina
se hubiera movido, o a otra cosa; pero estaba dispuesto a terminar
con el problema.
Le dije que lo único que debía hacer era mantenerse alejado de la
máquina. Podíamos suspender la publicación del periódico y
devolver los encargos que había contratado.
Quizá tuviera que pagar una indemnización a alguna de las
editoriales, pero tenía mucho dinero en el Banco, tras su inesperada
prosperidad, y le quedarían unos veinte mil dólares limpios. Era
más que suficiente para empezar un nuevo periódico o publicar el
mismo en otra dirección... aunque sin dejar de pagar el alquiler del
antiguo local, donde Etaoin Shrdlu se cubriría de telarañas. Claro
que fue sencillo. No se nos ocurrió pensar que a Etaoin quizá no le
gustara la idea, o que fuese capaz de hacer algo para impedirlo. Sí,
nos pareció sencillo y concluyente. Brindamos por ello. Brindamos
varias veces, y el lunes por la noche yo seguía en el hospital. Sin
embargo, ya me encontraba lo bastante bien como para telefonear, y
traté de ponerme en comunicación con George. No estaba. Después
llegó el martes.
El miércoles por la tarde el médico me dio una conferencia sobre la
cantidad de alcohol que se podía tomar a mi edad, y me dijo que ya
podía irme pero que si lo repetía...
Fui a casa de George. Un hombre extremadamente delgado y de rostro
macilento me abrió la puerta. Entonces habló y vi que era George
Ronson. Todo lo que dijo fue:
-Hola, Walter; entra. -Su voz no reflejaba ni esperanza ni felicidad.
Tenía el aspecto de un zombi.
Le seguí al interior, y dije:
-George, anímate. No puede ser tan malo. Explícamelo todo.
-Es inútil, Walter -repuso -. Estoy derrotado. Ella... vino y me
obligó. Tengo que usarla esas cuarenta horas semanales, tanto si
quiero como sin no. Me... me trata como a un criado, Walter.
Le obligué a sentarse y a hablar con calma, y me lo explicó. El
lunes por la mañana había ido al despacho, como siempre, para
solucionar algunos asuntos financieros, pero sin intención de entrar
en el taller. Sin embargo, a las ocho, oyó que algo se movía en el
cuarto trasero.
Súbitamente atemorizado, fue hasta la puerta para mirar lo que
ocurría. La linotipia -George tenía los ojos desmesuradamente
abiertos mientras me lo decía -se estaba moviendo, avanzaba hacia la
puerta del despacho.
No se mostró demasiado explícito respecto a su método de
locomoción -más tarde descubrimos unas ruedecillas -, pero me
aseguró que avanzaba lentamente al principio, con más rapidez y
confianza a cada centímetro.
De alguna manera, George comprendió inmediatamente lo que quería.
Y, al mismo tiempo, comprendió que estaba perdido. La máquina, en
cuanto él se presentó ante ella, dejó de moverse, empezó a
crujir, y varios tipos cayeron sobre el componedor.
Como un hombre que camina hacia la guillotina, George se acercó y
leyó estas líneas:
«YO, ETAOIN SHRDLU, exijo...»
En aquel momento pensó huir. Pero la idea de ser perseguido a lo
largo de la calle mayor de la ciudad por... No, era impensable. Y si
huía -como era probable a menos que la máquina desplegara nuevas
habilidades, cosa que también parecía probable -, ¿no escogería a
alguna otra víctima? Quizá hiciese algo peor.
Armándose de resignación, le indicó por señas que aceptaba.
Acercó la silla a la linotipia y colocó un borrador en la tablilla.
Puso más metal, y otras cosas, en el tanque alimentador. Ya no tuvo
que tocar el teclado.
Y mientras cumplía esos deberes mecánicos, me dijo George, se dio
cuenta de que ya no era la linotipia la que trabajaba para él, sino
que él trabajaba para la linotipia.
Ignoraba por qué quería componer tipos y tampoco le importaba. Al
fin y al cabo, ésta era su misión, y probablemente era instintivo.
O bien, tal como sugerí, y él aceptó como posible, estaba
interesada en aprender. Leía y asimilaba por medio del proceso de
composición. Véase: el efecto en términos de acción directa de
que leyera libros socialistas.
Hablamos hasta medianoche, y no llegamos a ninguna parte. Sí,
volvería al despacho a la mañana siguiente y pasaría otras ocho
horas componiendo o ayudando a que la linotipia lo hiciese. Tenía
miedo de lo que podía ocurrir si no lo hacía. Y yo comprendía y
compartía ese miedo, por la sencilla razón de que no sabíamos lo
que podía ocurrir.
El rostro del peligro brilla más cuando se vuelve para ocultar sus
facciones.
-Pero, George -protesté -, tiene que haber alguna solución. Me
siento parcialmente responsable. Si no te hubiese enviado al
hombrecillo que te alquiló...
Me puso una mano en el hombro.
-No, Walter. La culpa fue totalmente mía porque yo fui un
avaricioso. Si hace dos semanas hubiera seguido tu consejo, podría
haberla destruido. ¡Dios mío, cuánto me gustaría estar sin un
céntimo si así pudiera...!
-George -repetí -, tiene que haber alguna solución. Debemos
encontrarla...
-¿Qué solución?
Suspiré.
-No... no lo sé. Lo pensaré.
El dijo:
-De acuerdo, Walter. Haré todo lo que me sugieras, lo que sea. Tengo
miedo, un miedo horrible, de pensar en la razón por la que tengo
miedo...
De regreso en mi habitación, no pude dormir. No lo logré hasta el
amanecer, y entonces caí en un sueño inquieto que duró hasta las
once. Me vestí y bajé a la ciudad para encontrarme con George a la
hora de comer.
-¿Se te ha ocurrido alguna cosa, Walter? -me preguntó en cuanto me
vio. Su voz no revelaba grandes esperanzas.
Yo meneé la cabeza.
-Entonces -dijo, con una voz firme en apariencia pero temblorosa en
el fondo -, esta tarde presenciaremos el final. Ha ocurrido algo.
-¿Qué?
-Cuando vuelva -dijo -. llevaré un martillo dentro de la camisa.
Creo que hay una posibilidad de alcanzarla antes de que ella me
alcance. Si no... bueno, lo habré intentado.
Mire a mi alrededor. Nos encontrábamos sentados en un reservado de
la cafetería de Shorty y Shorty se acercaba en aquel momento para
preguntar qué queríamos. Parecía un mundo equilibrado y tranquilo.
Esperé hasta que Shorty se hubo ido a freír nuestras hamburguesas,
y entonces pregunté serenamente:
-¿Qué ha ocurrido?
-Otro manifiesto, Walter, exige que instale otra linotipia. -Me miró
fijamente, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
-Otra... George, ¿qué clase de borrador has compuesto esta mañana?
Pero, naturalmente, yo ya lo había adivinado.
Reinó un largo silencio después de que me lo dijera; no hice ningún
comentario hasta el momento de irnos. Entonces:
-George, ¿había algún límite de tiempo en esa solicitud?
El asintió.
-Veinticuatro horas. De todos modos, ya puedes suponer que me resulta
imposible conseguir otra máquina en ese espacio de tiempo, a menos
que encuentre alguna en la región, pero... Bueno, no he discutido el
límite de tiempo porque... Bueno, ya te he
-¡Es un suicidio!
-Probablemente. Sin embargo...
Lo agarré por un brazo.
-George -dije -, debe haber algo que podamos hacer. Algo. Espera
hasta mañana por la mañana. Nos veremos a las ocho; y si no se me
ha ocurrido nada que valga la pena intentar, bueno... te ayudaré a
tratar de destruirla. Quizá uno de los dos pueda alcanzar una parte
vital o...
-No, no debes arriesgar tu vida, Walter. Ha sido culpa mía...
-Dejándote matar no conseguirás resolver el problema -observé -.
¿De acuerdo? Espera hasta mañana por la mañana.
El accedió y no volvimos a hablar del tema.
Llegó el día siguiente. Llegó justo después de medianoche,
continuó, y aún seguía allí a las siete cuarenta y cinco, cuando
dejé mi habitación y me dirigí al encuentro de George, para
confesarle que no se me había ocurrido nada.
Aún no se me había ocurrido nada cuando abrí la puerta de la
imprenta y vi a George.
El me miró y yo meneé la cabeza.
El asintió tranquilamente, como si ya los esperase, y habló en voz
muy baja, casi en susurros, supongo que para que la máquina no nos
oyera.
-Escucha, Walter -dijo -, no quiero que te mezcles en esto. Es mi
propio funeral. Sólo yo he tenido la culpa, yo y el hombrecillo de
los granos, así que...
-¡George! -exclamé -. ¡Creo que ya lo tengo! ¡Eso... eso de los
granos me ha dado una idea! El... Sí, escucha: no hagas nada hasta
dentro de una hora, ¿quieres George? Volveré. ¡Es cosa hecha!
Yo no estaba seguro de que fuese cosa hecha, pero la idea parecía
digna de probarse, a pesar de que constituyese una posibilidad
remota. Y tenía que presentarla ante George como algo seguro o, de
lo contrario, habría llevado a cabo su plan ahora que ya estaba
decidido.
-Pero dime... -empezó.
Señalé el reloj.
-Son las ocho y un minuto y no puedo perder el tiempo en
explicaciones. Confía en mí durante una hora ¿de acuerdo?
El asintió y se dirigió hacia el taller mientras ya salía. Fui a
la biblioteca y a la librería local, y al cabo de media hora me
encontraba de regreso. Entré en el taller con seis enormes libros
debajo de cada brazo y grité:
-¡Hola George! Un trabajo urgente. Yo mismo lo compondré.
En aquel momento estaba sentado frente a la máquina, trabajando. Lo
aparté de allí y me instalé delante de la linotipia. El dijo
frenéticamente:
-Oye, sal de... -y me asió por un hombro.
Yo me libré de su mano.
-Me ofreciste un empleo, ¿verdad? Bueno, lo acepto. Escucha, George,
vete a casa y duerme un poco. O, si lo prefieres, espera en el
despacho. Te llamaré cuando haya terminado. Etaoin Shrdlu parecía
hacer ruidos de impaciencia, y yo guiñé un ojo a George – a
espaldas de la máquina -, haciéndole señas para que se fuera. El
permaneció unos minutos donde estaba, mirándome irresolutamente, y
al fin dijo:
-Confío en que sepas lo que haces, Walter.
Eso mismo esperaba yo. Le oí entrar en el despacho y sentarse frente
a la mesa para esperar.
Mientras tanto, yo había abierto uno de los libros que acababa de
comparar, arranqué la primera página y la coloqué sobre la
tablilla de la maquina. Con una precipitación que me sobresaltó,
las matrices empezaron a caer, el elevador subió y Etaoin Shrdlu
escupió una línea en el componedor. Y otra. Y muchas más.
Yo permanecí donde estaba, sudando.
Al cabo de un minuto, volví la página; arranqué otra y la apoyé
en la tablilla. Rellené el componedor y luego lo vacíe. Y así
sucesivamente. Terminamos el primer libro antes de las diez y media.
Cuando el reloj dio las doce, George abrió la puerta y se quedó en
el umbral, esperando que yo me levantara y fuera a comer con él.
Pero Etaoin seguía componiendo, así que hice un signo negativo en
dirección a George y seguí con nuevo original. Si la máquina
estaba tan interesada por lo que componía como para haber olvidado
su propio manifiesto acerca del horario, y no se detenía a la hora
de comer, no sería yo quién la interrumpiera. Aquello significaba
que quizá mi idea tuviese éxito.
La una y seguimos adelante. Empezamos el cuarto de mis doce libros. A
las cinco ya habíamos acabado el sexto y estábamos a mitad del
séptimo. En el estante ya no cabían más líneas, así que empecé
a colocarlas en el suelo o a meterlas en el tanque alimentador para
dejar sitio a las demás. Las cinco y media, y no nos detuvimos.
George volvió a asomar la cabeza por la puerta con una expresión
esperanzada pero sorprendida, y le volví a hacerle señas de que se
marchara.
Me dolían los dedos tras arrancar tantas hojas del libro, me dolían
los brazos tras acarrear tanto metal, me dolían las piernas tras
numerosos caminos del banco a la máquina y de la máquina al banco,
y me dolían otras partes tras tantas horas de permanecer sentado.
Las ocho. Las nueve. Diez volúmenes terminados y sólo otros dos por
hacer. Pero tenía que... estaba dando resultado. Etaoin Shrdlu
empezaba a trabajar más despacio.
Daba la impresión de componer los tipos más reflexivamente, más
pausadamente. En varias ocasiones se detuvo unos segundos al final de
una frase o un párrafo.
Cada vez más despacio.
Y a las diez se detuvo completamente y permaneció inmóvil, mientras
un debilísimo zumbido se escapaba del motor, zumbido que fu
disminuyendo de intensidad hasta hacerse casi inaudible. Me pues en
pie, sin apenas atreverme a respirar, hasta haberme asegurado. Las
piernas me temblaban mientras iba hacia la mesa de herramientas y
cogía un destornillador. Retrocedí hasta llegar nuevamente junto a
Etaoin Shrdlu y, lentamente -con los músculos tensos para saltar
hacia atrás si ocurría algo -, metí la mano en la máquina y saqué
un tornillo del segundo elevador.
No ocurrió nada, así que lancé un profundo suspiro y desmonté la
prensa de tornillo.
Entonces, con una nota de triunfo en la voz, llamé: «¡George!» y
mi amigo acudió corriendo.
-Coge un destornillador y una llave inglesa -le dije -. Vamos a
desmontarla y... bueno, tienes un agujero enorme en el jardín. La
meteremos allí y rellenaremos el agujero.
Mañana tendrás que procurarte otra linotipia, pero me imagino que
puedes permitirte ese lujo.
Miró el par de piezas que yo había desmontado y que reposaban en el
suelo, y dijo: «Gracias a Dios», después de lo cual se fue a
buscar las herramientas requeridas.
Yo también me acerqué a la mesa de herramientas, y de pronto
comprendí que estaba tan agotado que tendría que descansar un poco,
así que me dejé caer en una silla.
George se aproximó y se quedó a mi lado. Dijo:
-Y ahora, Walter, ¿querrás explicarme cómo lo has hecho? -Había
admiración y respeto en su voz. Le sonreí.
-Lo que dijiste sobre el grano me dio la idea, George. El grano de
Buda. Esto y el hecho de que la linotipia reaccionara de ese modo
frente a lo que aprendía. ¿Lo ves, George? Era una mente virgen, a
excepción de lo que nosotros le proporcionábamos.
Compone libros sobre las relaciones laborales e inicia una huelga.
Compone novelitas románticas, y solicita una linotipia para que…
Así que le he proporcionado budismo, George. He traído todos los
malditos libros
sobre budismo que he podido encontrar en la biblioteca y la librería.
-¿Budismo? Walter, ¿qué demonios tiene que ver...?
Me levanté y señalé a Etaoin Shrdlu.
-¿Lo ves, George? Cree lo que compone. De modo que le he
proporcionado una religión que la convenciera de la absoluta
inutilidad de todo esfuerzo y acción, así como de lo deseable que
puede resultar la inexistencia. Om Mani padme hum, George.
Mira... no le importa lo que pueda sucederle y ni siquiera sabe que
estamos aquí. ¡Ha alcanzado el nirvana, y se dedica a la
contemplación del tornillo de la leva!
FIN