... que es de noche; que garúa.
Que estás sentade en un banquito que está sobre un piso de madera, que a tu lado hay una salamandra de hierro fundido y que la pava está apoyada en la parte que no calienta tanto, para mantener solamente, que estás tomando unos mates.
Imaginate que el techo y las paredes son de vidrio doble, que por algún artilugio mágico no se empañan ni la lluvia se pega y que podes ver el afuera.
Y que todo eso está apoyado exactamente en la punta del obelisco, que está en Av. Corrientes y 9 de Julio, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Mirás para Retiro, la intensidad del tráfico es un río de lava, que fluye hacia el norte y una marea de luz hacia el sur.
Entre la garúa y la noche, las luces hacen ese juego de expandirse y parecer…
todos los contornos de todo se mezcla, convirtiéndose en marea.
Le pegas la última chupada a ese mate y agarras la pava para servirte otro.
Y en ese ritmo de mirar, chupar, la pava y de nuevo chupar y mirar, te va transcurriendo la vida.
No hay nada adentro… es mirar aceptar la imagen que entra por tus ojos y ver marea de lava de acá, y ola de luz allá, y caliente en la boca que tragás, y sonido de chupada de mate, y calorcito de la estufa.
La dureza del banquito empieza a molestarte, tanto tiempo de estar sentade empieza a entumecerte, pero está tan lindo, tan calentito… y los mates no se lavan.
Por fin, antes de llegar al calambre te levantas y recorres con seis pasos tu espacio, estiras la espalda, te desperezas, un poco de movimiento para acá y para allá para desentumecer la cintura.
El chal que quedó en el respaldo del banquito se cayó, y aprovechas el agacharte para estirarte un poco más.
Te ponés el chal sobre la espalda y te volvés a sentar.
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